Café Niño fue una india cuyo marido era brujo y como tal poseía el don de poder hablar con los diablos. 

  

 El brujo salió un día a visitar a un paisano y cuando regresó encontró a su mujer despedazada; unos diablos la habían matado y dejado únicamente sus tripas y su cabeza; cavó entonces para enterrar esos restos, echó en el hueco las tripas y cuando iba a hacer lo mismo con la cabeza, ésta dio un brinco y quedó adherida al cuello del marido.

 

Con el correr de los días le crecieron como raíces y mientras más crecían el brujo se iba enflaqueciendo porque la cabeza de su mujer también comía: era carnívora y si no le daban carne, lo mordía; así permaneció durante mucho tiempo, pensando cómo desprender la cabeza de su mujer y, aun cuando era brujo, no encontraba solución a su problema.

 

Sus vecinos, viéndolo muy preocupado, optaron por ayudarle y arrimándosele le dijeron: "no sea bobo, hombre; vaya al río, coloque entre sus aguas una trampa para atraer peces y al otro día, sáquelos a la orilla y échele el cuento a la cabeza para que se baje a comerlos mientras usted va de nuevo a armar la trampa", y como la idea le pareció factible, bajó hasta el río y puso manos a la obra; al otro día convenció a la cabeza para que bajara a comer del pescado sacado y mientras lo hacía fingió salir a colocar de nuevo la tarpa; la cabeza de Café Niño devoraba feliz el pescado y de cuando en cuando llamaba a su esposo quien siempre le contestaba: "ya voy, ya voy... pero una vez que hubo llegado al río se lanzó a sus aguas y zambullido fue a salir a mucha distancia.

 

Mientras tanto la cabeza, cansada de llamar en vario, se aburrió y echó a rodar para ir en su busca; viendo que no estaba en el lugar convenido, siguió rodando hasta llegar a la casa, pero su esposo, que hacía rato había llegado, tuvo la precaución de cerrar muy bien las puertas y atrancarlas por dentro.

 

La cabeza llegó, empujó y no pudo entrar; buscó entonces por otras partes y varios fueron todos sus intentos; suplicó durante toda la noche para que la dejara penetrar y al ver que no conseguía nada le dijo que al menos le tirara todas sus pertenencias para marcharse; el brujo tuvo la fortuna de no escuchar las súplicas y evitó así caer en el ardid preparado.

 

Indignada al no conseguir lo deseado, amenazó con convertirse en un animal y acto seguido se puso a imitar las voces de muchos de ellos; cuando imitó la del búho, se transformó en uno, voló y se perdió en la oscuridad; a partir de ese momento el brujo regresó a su vida normal, recuperó totalmente su salud y no volvió a tener conversaciones con los diablos.

Escribir un comentario

Código de seguridad
Refescar